Estos días ando probando mi nuevo juguete por las tardes… Por supuesto, me refiero a mi tantas veces retrasada compra de sustituta para mi vieja EOS 10D, que ya databa de junio de 2003 y se había quedado en poco más que pieza de museo. Buen momento para escribir una parrafada sobre mis inquietudes fotográficas…
Mi madre era una persona singular en muchísimos aspectos (cada vez soy más consciente de ello). Se fue a conocer Europa allá por 1957, nada menos, se quedó a trabajar en Inglaterra y anduvo por mil sitios, guardando recuerdos de todo tipo de cada una de sus aventuras. Tengo cientos de fotos de aquella época en casa, de mapas, de planos turísticos y cualquier cosa que os podáis imaginar. De aquellos años me legó una pequeña pieza de museo, ni más ni menos que una mítica Kodak Retinette como la de la foto, con su funda y todo. A mediados de los 80 la había rescatado para hacer un par de carretes de fotos, pero de nuevo había vuelto a dormir el sueño de los justos durante años. Fue cuando compré el Golfillo, en 1995, cuando me di cuenta de que llevar una cámara conmigo iba a ser imprescindible para un perfeccionista del detalle como soy. El recuerdo de los sitios visitados, de las impresiones vividas, necesitaba de un soporte gráfico… Así fue como saqué “mi” Retinette (desgraciadamente, a esas alturas ya la había heredado) y empecé a sacar fotos: al principio, las típicas de “yo estuve aquí” y poco más. Tampoco las cualidades de la cámara daban para mucho más, pero el gusanillo iba creciendo…
Quería más, así que hacia mayo del 98 me compré mi primera cámara reflex. Fue la primera compra que hice con mi tarjeta de El Corte Inglés, que había abierto en Santiago un par de meses antes. Una Canon EOS más que bonita, con la que comencé a tomarme más en serio el tema. Revelé bastantes decenas de carretes y conseguí ir juntando un álbum de fotos bastante digno a base de autoaprendizaje. Siempre he pensado que hacer fotos (buenas) es cuestión de práctica e intuición, más que de grandes conocimientos técnicos. Ahí radica lo interesante del proceso: no hace falta saber mucho para hacer buenas fotos, es cuestión de jugar y probar cosas. Recuerdo con cariño aquellas primeras fotos nocturnas con el disparador en bulb, haciendo pruebas a ciegas y gastando una pasta en revelado cada dos por tres. Y recuerdo también la incertidumbre de no saber lo que había salido en las fotos hasta que te las devolvían reveladas. Si de cada carrete de 24 salían 3 o 4 “buenas” ya era para sentirse contento…
Creo que fui de los primeros aficionados en lanzarme al mundo digital en cuestiones fotográficas. En febrero de 2000, casi nada, me lancé a por una cámara que me dio muchas alegrías y que resultó ser un rara avis en la evolución de la fotografía digital. Era, cómo no, mi querida Olympus Camedia C2500L…
No tenéis más que observar la foto para comprender que era una cámara muy “rara”. Era reflex, pero de objetivo fijo, enfocaba “a lo bestia”, con un haz laser rojo que en sitios oscuros podías incluso ver, y por supuesto tenía una pantallita pequeña trasera en la que poder ver la imagen que acababas de tomar. A 12 años vista parece una tontería, pero recuerdo muy bien cómo todo el mundo alucinaba en aquel verano de 2000 al verme maniobrar con aquel extraño aparatejo, sobre todo con eso de ver la foto al momento. Con mi Olympus y sus espectaculares (para la época) 2,5 megapixels de resolución me recorrí Galicia entera, de norte a sur y de este a oeste, durante 3 maravillosos años. Miles y miles de fotos, olvidado ya el gasto en revelado, horas y horas de aprendizaje y diversión y, por qué no recordarlo, mis primeros (y únicos) encargos “profesionales”: los 6 meses recorriendo todas las comarcas gallegas en busca de fotos no se me olvidarán nunca en la vida…
Con el dinero que me dio mi incursión en el “profesionalismo” fotográfico decidí dar un nuevo paso adelante: junio de 2003, ya casi terminando el proyecto de las fotos de las comarcas, ahí estaba una cámara casi profesional, la Canon EOS 10D… Volví al “canonismo” para no abandonarlo (creo) más, con una cámara que nunca me ha fallado en estos 9 años y que me ha dado muchísimas alegrías. Es la cámara con la que terminé las fotos comarcales, pero sobre todo es la cámara con la que fotografié los mejores años de mi vida. Desde aquellos conciertos veraniegos a mis aventuras buenavideras… y a la mayor de todas, la que tuvo lugar en Barcelona… Hay muchas fotos de aquella época que no se pueden mostrar en público, allí en aquella habitación minúscula donde se vivía la mayor historia jamás contada… La fiel 10D fue compañera de nuestras aventuras por la península, del primer al último día. Cuántas fotos le ha hecho a Jessie, cuántas nos hemos hecho a los 2 juntos… Cuando todo se hundió aún volví a salir a olvidar las penas con sesiones fotográficas aventureras como antaño, y poco a poco fui aprendiendo más y más truquillos para hacer mejores fotos. Me aficioné a las panorámicas, me interesé por los timelapses, descubrí el proceloso mundo del HDR… En los últimos 2 años el ritmo de producción cayó en picado: 2010 fue demasiado horrible, en 2011 yo estaba demasiado agotado… Pero el viejo gusanillo seguía ahí, latente, y solo era cuestión de devolverlo a la vida, tarde o temprano volvería a surgir…
Meses y meses retrasando la compra, pensando en no gastar dinero, llegaron a su fin “gracias” a Jessie, aunque ella aún no lo sabe en realidad. Un buen día me paré a pensar unos segundos y decidí que me lo merecía, así que me lancé a aprovechar una oferta bastante buena del Hipercor y jubilar casi 9 años después a mi querida EOS 10D. La elegida fue una bonita Canon EOS 600D, con aspecto menos profesional pero con un salto de calidad enorme respecto a mi vieja 10D. Llevo 2 semanas con ella y estoy recuperando el gustillo de salir con el coche a sacar fotos. Mis primeras pruebas han sido bastante cercanas, pero estoy esperando el primer sábado que haga buen tiempo para hacer mi primera excursión al estilo de las de antaño. Tengo elegido el objetivo exacto: el nuevo lago de As Pontes. Mientras tanto he redescubierto mil y una cosas que fotografiar, mil y una pruebas que poner en práctica y mil y una ilusiones que disfrutar. Que no es poco…







