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Estos días ando probando mi nuevo juguete por las tardes… Por supuesto, me refiero a mi tantas veces retrasada compra de sustituta para mi vieja EOS 10D, que ya databa de junio de 2003 y se había quedado en poco más que pieza de museo. Buen momento para escribir una parrafada sobre mis inquietudes fotográficas…

Como la de mi madre...

Como la de mi madre…

Mi madre era una persona singular en muchísimos aspectos (cada vez soy más consciente de ello). Se fue a conocer Europa allá por 1957, nada menos, se quedó a trabajar en Inglaterra y anduvo por mil sitios, guardando recuerdos de todo tipo de cada una de sus aventuras. Tengo cientos de fotos de aquella época en casa, de mapas, de planos turísticos y cualquier cosa que os podáis imaginar. De aquellos años me legó una pequeña pieza de museo, ni más ni menos que una mítica Kodak Retinette como la de la foto, con su funda y todo. A mediados de los 80 la había rescatado para hacer un par de carretes de fotos, pero de nuevo había vuelto a dormir el sueño de los justos durante años. Fue cuando compré el Golfillo, en 1995, cuando me di cuenta de que llevar una cámara conmigo iba a ser imprescindible para un perfeccionista del detalle como soy. El recuerdo de los sitios visitados, de las impresiones vividas, necesitaba de un soporte gráfico… Así fue como saqué “mi” Retinette (desgraciadamente, a esas alturas ya la había heredado) y empecé a sacar fotos: al principio, las típicas de “yo estuve aquí” y poco más. Tampoco las cualidades de la cámara daban para mucho más, pero el gusanillo iba creciendo…

Quería más, así que hacia mayo del 98 me compré mi primera cámara reflex. Fue la primera compra que hice con mi tarjeta de El Corte Inglés, que había abierto en Santiago un par de meses antes. Una Canon EOS más que bonita, con la que comencé a tomarme más en serio el tema. Revelé bastantes decenas de carretes y conseguí ir juntando un álbum de fotos bastante digno a base de autoaprendizaje. Siempre he pensado que hacer fotos (buenas) es cuestión de práctica e intuición, más que de grandes conocimientos técnicos. Ahí radica lo interesante del proceso: no hace falta saber mucho para hacer buenas fotos, es cuestión de jugar y probar cosas. Recuerdo con cariño aquellas primeras fotos nocturnas con el disparador en bulb, haciendo pruebas a ciegas y gastando una pasta en revelado cada dos por tres. Y recuerdo también la incertidumbre de no saber lo que había salido en las fotos hasta que te las devolvían reveladas. Si de cada carrete de 24 salían 3 o 4 “buenas” ya era para sentirse contento…

todo un pedazo de cámara para su época...

todo un pedazo de cámara para su época…

Creo que fui de los primeros aficionados en lanzarme al mundo digital en cuestiones fotográficas. En febrero de 2000, casi nada, me lancé a por una cámara que me dio muchas alegrías y que resultó ser un rara avis en la evolución de la fotografía digital. Era, cómo no, mi querida Olympus Camedia C2500L…

No tenéis más que observar la foto para comprender que era una cámara muy “rara”. Era reflex, pero de objetivo fijo, enfocaba “a lo bestia”, con un haz laser rojo que en sitios oscuros podías incluso ver, y por supuesto tenía una pantallita pequeña trasera en la que poder ver la imagen que acababas de tomar. A 12 años vista parece una tontería, pero recuerdo muy bien cómo todo el mundo alucinaba en aquel verano de 2000 al verme maniobrar con aquel extraño aparatejo, sobre todo con eso de ver la foto al momento. Con mi Olympus y sus espectaculares (para la época) 2,5 megapixels de resolución me recorrí Galicia entera, de norte a sur y de este a oeste, durante 3 maravillosos años. Miles y miles de fotos, olvidado ya el gasto en revelado, horas y horas de aprendizaje y diversión y, por qué no recordarlo, mis primeros (y únicos) encargos “profesionales”: los 6 meses recorriendo todas las comarcas gallegas en busca de fotos no se me olvidarán nunca en la vida…

Con el dinero que me dio mi incursión en el “profesionalismo” fotográfico decidí dar un nuevo paso adelante: junio de 2003, ya casi terminando el proyecto de las fotos de las comarcas, ahí estaba una cámara casi profesional, la Canon EOS 10D… Volví al “canonismo” para no abandonarlo (creo) más, con una cámara que nunca me ha fallado en estos 9 años y que me ha dado muchísimas alegrías. Es la cámara con la que terminé las fotos comarcales, pero sobre todo es la cámara con la que fotografié los mejores años de mi vida. Desde aquellos conciertos veraniegos a mis aventuras buenavideras… y a la mayor de todas, la que tuvo lugar en Barcelona… Hay muchas fotos de aquella época que no se pueden mostrar en público, allí en aquella habitación minúscula donde se vivía la mayor historia jamás contada… La fiel 10D fue compañera de nuestras aventuras por la península, del primer al último día. Cuántas fotos le ha hecho a Jessie, cuántas nos hemos hecho a los 2 juntos… Cuando todo se hundió aún volví a salir a olvidar las penas con sesiones fotográficas aventureras como antaño, y poco a poco fui aprendiendo más y más truquillos para hacer mejores fotos. Me aficioné a las panorámicas, me interesé por los timelapses, descubrí el proceloso mundo del HDR… En los últimos 2 años el ritmo de producción cayó en picado: 2010 fue demasiado horrible, en 2011 yo estaba demasiado agotado… Pero el viejo gusanillo seguía ahí, latente, y solo era cuestión de devolverlo a la vida, tarde o temprano volvería a surgir…

Jessie, yo y la EOS 10D... foto mítica en un hotel de Logroño...

Jessie, yo y la EOS 10D… foto mítica en un hotel de Logroño…

Meses y meses retrasando la compra, pensando en no gastar dinero, llegaron a su fin “gracias” a Jessie, aunque ella aún no lo sabe en realidad. Un buen día me paré a pensar unos segundos y decidí que me lo merecía, así que me lancé a aprovechar una oferta bastante buena del Hipercor y jubilar casi 9 años después a mi querida EOS 10D. La elegida fue una bonita Canon EOS 600D, con aspecto menos profesional pero con un salto de calidad enorme respecto a mi vieja 10D. Llevo 2 semanas con ella y estoy recuperando el gustillo de salir con el coche a sacar fotos. Mis primeras pruebas han sido bastante cercanas, pero estoy esperando el primer sábado que haga buen tiempo para hacer mi primera excursión al estilo de las de antaño. Tengo elegido el objetivo exacto: el nuevo lago de As Pontes. Mientras tanto he redescubierto mil y una cosas que fotografiar, mil y una pruebas que poner en práctica y mil y una ilusiones que disfrutar. Que no es poco…

Un año sin un amigo

Ha pasado todo un año. De una forma algo distinta a la que tú decías, pero en cierto modo también ha sido un peculiar “año natural”… Te imagino por ahí arriba, observando con atención este mundo nuestro, estudiando desde tu satélite particular todas las borrascas y anticiclones para elaborar acertadas predicciones meteorológicas… Dándole cuerda al mundo, como el murakamiano pajarillo que hace cric-cric…

Ha sido un año complicado para todos. Eso de largarte de repente no se le hace a los amigos… Al principio no me lo podía creer, después hubo que aceptarlo y más tarde asumirlo, pero no, sigue siendo muy raro pensar que no nos vayamos a encontrar en algún festival o que no me cuentes alguna novedad musical o alguno de tus famosos “top secret” que no podían salir de mi ordenador. En fin, el mundo sigue dando vueltas, incluso en un año bisiesto como este…

Ya sabes el homenaje que te montaron allá a mediados de octubre en Barcelona. Cuánto me fastidió no poder ir, pero en aquellos días mi estado físico era lo siguiente a precario. Al menos pudieron llegar a tiempo algunas fotos de las que tenía guardadas de tantos conciertos buenavideros, algo es algo… Pero me hubiera gustado mucho poder estar allí y escuchar esa canción tan sentida que te hizo Javi, y vivir con los demás la emoción de recordar los buenos momentos. En fin, como buen murakamiano que eres, entenderás que a veces hay que sentarse a esperar el momento oportuno, y se ve que entonces no era la ocasión de volver a Barcelona…

No he podido contarte todas las aventuras y desventuras del último año. Y créeme que ha habido algunas más que sabrosas, surrealismo puro. Si ellas son como los vientos, ya sabes que Ella (“mi” Ella) es como un auténtico huracán de fuerza destructora máxima. Pero ahí sigo, aguantando estoicamente el temporal, como buen norteño que soy. Pozo y bate, ya sabes…

Desde aquel “tour de force” literario que me impusiste hace ahora 4 años, la verdad es que sigo sin ganas de verdad de ponerme a leer nada nuevo. Eso sí, te gustará saber que llevo algo más de un mes releyendo nuestro libro más querido. Ya sabes, la historia de Tooru contada por el genial Haruki. ¿Habrá escuchado por fin nuestro japonés preferido el Soidemersol? Cosas más raras se han dado, sigamos confiando… Aún recuerdo hace un tiempo la sorpresa por aquella coincidencia tan poco probable con lo de las 2 hermanas (me encanta saber que nadie más que tú y yo sabemos de lo que estoy hablando)…

Supongo que te gustaría el detalle que tuvieron los amigos cordobeses en su último disco. Yo no lo sabía, y cuando escuchaba el disco de madrugada con las cascos y los ojos cerrados y comenzaron a sonar las mágicas notas de “Pacífico”, te aseguro que por un momento pensé que no era cierto, que lo estaba soñando. Cuando se lo puse el otro día a Jessie, sin decirle nada, se le empezaron a saltar las lagrimillas también…

Pues nada, Pedrito, que el mundo sigue a pesar de tu marcha, pero no es lo mismo. Faltan las fotos de tus viajes con Rosa, de las caritas de felicidad, de los planes y las confidencias. Aunque lo mejor es que después de un año cuando me acuerdo de ti no me pongo triste, sino que siento más bien esa “tristeza reparadora” tan buenavidera de la que me hablabas una vez. Vamos, como cuando suena “Pacífico”… La melancolía sonriente que tan bien define a este tu amigo del noroeste…

Ah, que me olvidaba de algo que te hará sonreír en plan maquiavélico, como hacías tantas veces: Jessie también está leyendo la Crónica finalmente. Kumiko frente a Kumiko, nada menos… Imagina todas las divagaciones que podríamos extraer de estas historias…

Ya te iré contando, que sin duda se avecinan nuevos capítulos. Mientras tanto, decirte solo eso, que me sigo acordando mucho de ti, amigo.

cuando nos llevaste a Elkar, hace ya 7 añitos y medio...

cuando nos llevaste a Elkar, hace ya 6 añitos y medio…

La paciencia de Job

Ya es mayo. Mal mes para ponerme a recordar efemérides personales, desde luego: hace 7 años, el primer enorme disgusto; hace 5, el principio del fin (aunque no lo sabía); hace 4, la huida supuestamente sin retorno; hace 3, el retorno pero no del todo; hace 2, la operación de mi padre y los 83 días posteriores… La verdad es que antes de estas peripecias vitales mías, mayo era un mes que me encantaba, con sus días larguísimos y su tiempo cambiante pero tendiendo a semi-veraniego poco a poco. Aquellas escapadas fotográficas de horas y horas, con la luz más bonita del año y ese verde que solo hay en esta época del año. Pero lo dicho, después de estos últimos años me cuesta un poco ver las cosas de manera tan positiva como antes…

Este fin de semana tocaba visita barcelonesa. Aquí se presentó Jessie, con 2 días por delante pero demasiadas cosas por hacer. Al final, entre pitos y flautas, hemos estado juntos desde las 7 de la tarde hasta la 1 de la madrugada (y de ahí aún hay que restar otra media hora larga que se pasó buscando una caja de galletas de latón en El Corte Inglés). La verdad es que no da para mucho, y menos aún con lo cansada que estaba ella. Al final todo se reduce a momentos minúsculos en los que atrapar una sonrisa, un gesto o una mirada. Demasiado poco como para acabar contento, demasiado poco como para sentirnos bien. Solo dimos vueltas con el coche durante un buen rato por el Ensanche y al final acabamos cenando el cochinillo y las mollejas de lechazo en el Asador Castellano, lugar de veladas históricas entre nosotros 2 y al que no habíamos ido desde primeros de julio de 2010. Estaba todo muy bueno, aunque los ojos de Jessie denotaban el sueño y el cansancio ya a mitad de la cena. Es nuestro sino, tener que vernos cuando ella está agotada, tener horas escasas para contarnos (bueno, más ella a mí) tantas novedades que nos ocurren (más a ella que a mí). Y, claro, son ya muchos meses en esta situación, y ahora resulta que todavía quedarán otros 2 meses y pico más…

Sí, debería de abstraerme de cosas que no puedo controlar. Desconectar del tema durante el tiempo en que la distancia impida todo. No esperar nada de una visita relámpago en la que al final no da tiempo para nada… Ya lo intento, pero de todos modos no puedo evitar sentir ahora mismo esa tristeza de la enésima despedida…

Sigamos teniendo paciencia… Otra cosa no se puede hacer…

Kumiko y la rosa

Este lunes fue el día de Sant Jordi. Lo digo en catalán porque es allí donde se celebra con profusión, a pesar de esa extraña situación de que siendo una fecha tan señalada no sea considerada como festivo. Ya sabéis que en tal día como este allá por el noreste las chicas le regalan libros a los chicos a cambio de rosas. Es una especie de San Valentín “a la catalana” que poco a poco se va extendiendo más allá de su territorio original.

Yo llegué a pasar 2 días de Sant Jordi en Barcelona, viviendo con Jessie. El primero, en 2005, lo inicié en el aeropuerto de Santiago con un enorme ramo de rosas rojas en la mano… El porqué de no comprar el dichoso ramo ya en Barcelona no me lo explico demasiado bien a 7 años del momento aquel, pero el caso es que supongo que en el avión y más tarde en el aeropuerto de El Prat yo debía de parecer el repartidor cojo de Interflora… Jessie me regaló un libro muy grande y lujoso y otro pequeñito pero mucho más importante: fue el primer libro en catalán que leí, más allá de la novela nonata del entonces enemigo/rival gerundense que no llegué a terminarme. Era un relato de un viajero catalán, de apellido Espinàs, perteneciente a una serie titulada “A peu per…”, dedicado a mi querida Costa da Morte, esa que me conozco palmo a palmo. Me resultaba muy gratificante leer las vivencias de aquel hombre por estas tierras, con la ventaja de que mentalmente podía añadir al relato en cada instante el paisaje que lo acompañaba. Como era un sábado, Jessie y yo lo terminamos como casi siempre por aquella época, cenando en “nuestra” La Clara, en la Gran Via. Supongo que ella pidió el filet al ví que tanto le gustaba y yo quizás mi adorado arroz con verduras y bacalao, todo regado con algún vino tinto que nos habría recomendado Julià, nuestro anfitrión. 7 años después ya no tengo un recuerdo claro de aquella jornada, pero seguro que fue fantástica.

Mi segundo (y, por lo de ahora, último) Sant Jordi barcelonés cayó en domingo. 23 de abril de 2006. Yo en mi peor estado físico de toda mi etapa “catalana”, medio arrastrándome con las muletas. Aún así, decidí salir a mediodía a buscar una floristería para cumplir con mis obligaciones de “marido”. Creo recordar que paré en una cercana, en carrer Mallorca, y me volví a casa con mi ramo de rosas rojas decorado con una cinta con los colores de la senyera. Jessie repitió con sus regalos: un libro muy grande y muy lujoso y otro pequeñito, con un nuevo viaje del amigo Espinàs, en esta ocasión por el Somontano aragonés. Al escribir esto me estoy dando cuenta de que nunca llegué a leer este nuevo relato del viajero catalán: supongo que habría necesitado en primer lugar visitar esas tierras para después leer el libro. Sí, mi razonamiento parece ir en contra de la lógica: primero quiero conocer el lugar y después leerme la guía. Así de rarito soy… El día lo pasamos metidos en casa, a diferencia de lo habitual, que era ir a comer a Tordera todos los domingos (y fiestas de guardar, cabe añadir). Jessie tenía exámenes y tampoco tenía normalmente muchas ganas de pasar el domingo en el pueblo, así que la mínima excusa era buena para quedarnos en Barcelona. Eso sí, la cena romántica no podía faltar, esta vez en nuestro otro clásico, el Buongiorno de Comte Urgell. Seguro que compartimos un carpaccio y que después ella se comió una pizza y me dejó los bordes para mí, todo regado con un fresco lambrusco y rematado con el inevitable limoncello con la compañía de nuestro anfitrión, Enrico… Realmente, uno de los motivos principales para volver a pisar Barcelona (con Jessie al lado, por supuesto) sería volver a visitar La Clara y el Buongiorno…

Desde 2007 no volvió a haber otro Sant Jordi en nuestras vidas. Ella se fue, volvió, se alejó, se volvió a acercar, pero nada ha podido ser como aquellas veces de hace ya demasiados años. Aún así cada año intento enviarle una rosa, aunque sea virtualmente por el móvil, detalle que ella suele agradecer. Este año estamos muy separados en la distancia, pero quiero creer que cuando haya visto tantas chicas con rosas en la mano se habrá acordado de “nuestros” 23 de abril particulares. De aquellos ramos que perfumaban la habitación durante varios días y que Jessie dejaba ir secando en un rinconcillo durante un tiempo indefinido sin atreverse a tirarlos. Y, cómo no, de aquellas cenas románticas en que su mirada y su sonrisa brillaban tanto por entre las copas de vino. Me encantaba ese momento en que, los 2 bien juntitos, podía verme reflejado en los ojos de Jessie, tan brillantes y tan abiertos. En fin, temps era temps, que decía el otro…

Este domingo Jessie me alegró la tarde con sus mensajitos. Resulta que poco a poco va leyendo la imprescindible “Crónica” del gran Murakami, esa que tan bien refleja nuestra historia. Me contó que acababa de leer el capítulo de la historia del teniente Mamiya, la de los terribles soldados mongoles y el pozo en medio de la estepa. Al llegar a casa no pude evitar leer yo también esas páginas, y caí en la cuenta de que ahí se termina la primera parte de la “Crónica”, y que justo ahí es donde todo comienza a tener sentido. Ojalá Jessie siga leyendo, porque no tengo duda de que muy pronto va a comenzar a comprender todo aquello que aún no ha conseguido comprender. ¿Demasiado para una simple lectura de un libro? Yo creo que no. Kumiko se acaba de ir, Tooru no entiende nada y todo alrededor se transforma de manera misteriosa y enrevesada. Cuántos recuerdos (metafóricos unos, casi literales otros) de la primavera de 2008… Hasta la Kumiko catalana sabrá ver todo esto, seguro que sí…

La vitamina del amor

Este 17 de abril ha sido, un año más, el Día Mundial de la Hemofilia. Es ese día en el que sale una noticia pequeñita en los telediarios y en la que las asociaciones intentan meter su mensaje de cada año con la idea de ejercer de una manera más o menos correcta una cierta presión sobre quien tiene los dineros. En fin, para este tipo de cosas sirve el asociacionismo, se supone…

Cuando naces con una enfermedad, en este caso la hemofilia, tú mismo eres el menos consciente de estar “enfermo”: es una situación con la que convives desde el primer al último día de tu vida, y al menos en mi caso la llegas a ver como algo normal. Para mí era normal, de pequeño, tener que quedarme viendo a los amigos jugar al fútbol y no participar de la fiesta. Era normal estar lesionado con un pie hinchado cada 4 o 5 días, y era normal pasarme noches sin dormir con el pie metido en una bañera de hielo, cosas todas ellas de las que no tengo tampoco un recuerdo vívido (sé que sucedían muy a menudo, pero no “siento” esos recuerdos como algo “físico”, si se puede decir así). Evidentemente, y más en los años 70 y 80, mi vida no era tan “normal” como la de mis amigos, pero mentiría si dijera que sufría por las limitaciones que se me imponían por aquel entonces. Cuando tenía un derrame en un tobillo o una rodilla me tenían que inyectar una dosis de factor VIII, la proteína que me falta en la sangre, para poder ser “normal” durante unas horas y poder cortar la hemorragia. Pasadas esas horas, de nuevo me quedaba sin el factor VIII en el organismo y de nuevo tenía que evitar cualquier riesgo físico hasta la siguiente ocasión en que tenía un derrame, y asi una y otra vez.

La última vez que eché una carrera fue hace cosa de 22 años, detrás del autobús de la Universidad que se me escapaba. La rodilla izquierda comenzaba a estar demasiado dañada, y ya a partir del otoño de aquel año de 1990 pasé a estar lesionado de forma permanente. Hubo mejores y peores épocas: entre las primeras, aquellas sesiones maratonianas de bicicleta estática, hacia 1993, o los meses en que me convertí en asiduo (de lunes a viernes) usuario de la piscina universitaria, con mi kilómetro diario; entre los malos momentos, el verano de 1994 metido en casa sin poder apenas caminar o la primavera de 2000 en que acabé por fastidiarme también el pie izquierdo y la rodilla derecha como añadido (aunque a cambio conseguí aprender a andar con muletas como todo un experto). Los años en Barcelona no me ayudaron demasiado y el bajón físico general del año pasado tampoco. Pero la verdad es que, aunque cada vez ando un poco peor, no siento una frustración especial al respecto, es algo con lo que he vivido toda la vida y que a fuerza de tener tan asumido no me afecta demasiado a estas alturas. Si no puedo correr para ir a un sitio, pues iré andando y con la muleta; lo realmente importante es poder llegar a ese sitio, aunque tarde algo más.

Reconozco que con Jessie sí he deseado alguna vez que mi rodilla estuviese mejor. Me habría gustado poder dar largos paseos con ella cogida de la mano, me habría gustado hacer muchas cosas con ella que no puedo hacer… Pero muy probablemente las cosas habrían sido en tal caso muy distintas, y muy posiblemente ni nos habríamos llegado a conocer. La hemofilia, mi rodilla izquierda y todo lo demás son parte de mí, y todo eso junto ya estaba cuando nos conocimos y nos enamoramos. Pero sí, con la única persona que de verdad me gustaría poder dejar atrás mis problemas físicos es con ella.

Cuando nos conocimos, yo ya tenía la rodilla bastante machacada. El primer día que nos vimos en persona, en el caluroso Cáceres, yo iba con un pantalón corto y una aparatosa rodillera que no podía pasar inadvertida. La hemofilia venía conmigo, como siempre. Y a ella le gustó el conjunto, no cabe duda. Casi un mes después caí en la cuenta de que me había enamorado de ella para siempre con una jeringuilla de factor VIII de por medio. Si ella se hubiera apartado prudentemente, si hubiera mostrado algún signo de repulsión ante aquella situación, si se hubiera sentido incómoda, nada habría podido suceder. Pero, en cambio, Jessie se quedó mirando atentamente cada paso del proceso, me siguió haciendo mil preguntas sobre todo aquello y hasta me pidió ayudarme a inyectarme un poquito de la jeringuilla aquella. Por supuesto que ella, con sus 22 añitos y su inconsciencia vital, no se daba de cuenta de lo que estaba ocurriendo allí, pero yo sí: me enamoré, se lo dije al momento y sigo sabiendo, casi 8 años después, que este sentimiento seguirá siendo para siempre.

Cuando me fui como un inconsciente a Barcelona a vivir con Jessie, en los primeros meses ella le llamaba al factor VIII “la vitamina”. Una especie de broma privada que solo nos podría hacer reír a nosotros dos, lo reconozco. Juntos íbamos al Vall d’Hebron a obtener unas cuantas cajas de “vitamina” que me permitieran alargar mi estancia en aquella ciudad, que nos permitieran seguir viviendo juntos cada día. Cuando ella tuvo que escribir una especie de artículo ensayístico como trabajo final de una asignatura de la carrera, no dudó ni un momento en escoger como tema la hemofilia y “su” caso particular. Recuerdo aquella tarde que nos fuimos a una preciosa calita de la Costa Brava a “entrevistar” a un hemofílico (mucho menos grave que yo) que era pareja de una compañera suya de trabajo y le serviría a Jessie como contrapunto a mi historia. Es la ocasión en que la he visto trabajar con más cariño y con más dedicación, y el sobresaliente que le pusieron por aquel trabajo me hizo sentir especialmente feliz. Todavía guardo aquel artículo como oro en paño, ilustrado con aquellas fotos que me hizo Jessie en las afueras del hospital. Nadie más que ella podría haber escrito aquello, nadie más que ella sabía y sabe tantas y tantas cosas de mí que no sabe nadie más. Por supuesto que tampoco nadie más que yo podría escribir sobre los mil y un secretos de la personalidad de Jessie, y que nadie más podría llegar a entender semejante cúmulo de contradicciones que conforman a esa niña/mujer treintañera en la actualidad.

Tengo ganas de que llegue el verano (como cantarían los Family). Tengo ganas de que ella se quede aquí esos meses, y tengo ganas de ir mil veces a la playa, a tomar el sol y a nadar juntos. Y de tener que inyectarme “vitamina” de vez en cuando y que ella me pida empujar un ratito el émbolo de la jeringuilla…

Viladecans mon amour

En fin, una vez más la espera tiene que alargarse. Ya no me debería de sorprender de nada relacionado con Jessie, siempre tomando esas decisiones tan poco pensadas, y siempre también teniendo que estar yo al quite para cuando le van las cosas mal… Ahora resulta que se va a hacer las prácticas de fin de estudios a Viladecans, a una empresa de novias, 3 mesecitos de nada… Como es habitual, solo se atrevió a decírmelo en el último momento… Tanto fue así que en realidad me dijo el día que se iba con menos de 48 horas de margen…

Su forma de intentar contentarme antes de marchar fue venirse a casa el último día. Claro está que llegó toda resfriada, casi con fiebre, para variar… La verdad es que de cada 3 veces que nos vemos, 2 de ellas está medio enferma. Al final todo consistió en llevarla a cenar para que ella escogiera el menú y después me lo tuviera que comer yo, en dormir horas y horas (ella más que yo) mientras yo hacía de estufa humana con sus pies y manos helados, y en tener finalmente que llevarla de vuelta a Pontevedra y más tarde a Vigo a tomar el tren solo 10 minutos antes de la hora, a toda prisa… Vamos, más o menos lo habitual… Al final me dio un beso justo antes de marcharse y me preguntó si no me daba “también” penita de que se marchara… Digo yo que si a ella le daba tanta “penita”, le hubiera bastado con no haberse marchado a la aventura de una forma tan poco pensada…

Se llevó consigo la “Crónica” de Murakami (a saber cuánto tardará en terminarla, si eso llega a ocurrir). Me dejó una de sus litografías como regalo, me dejó las sábanas húmedas de su casa para que se secasen y me dejó un comentario mitad casual mitad trascendente… Algo asi como que pretende quedarse a vivir aquí cuando termine los estudios… Lo dejo aquí por escrito para que no se me olvide cuando llegue el momento de comprobar si realmente cumple con ello…

Sé que no debería, pero no lo puedo evitar… Ya me he vuelto a quedar todo triste, sintiendo el vacío de su ausencia… cuando en realidad con tantos proyectos y trabajos solo la he visto 4 o 5 veces en lo que va de año… Parece que no verla pero tenerla a 50 minutos en coche es menos doloroso para mí que tenerla a 1100 km de distancia… Aunque debería de ser casi lo mismo… Pero no lo es…

Ecos de costabravismo

Qué año aquel de 2005… en mis “memorias” siempre inconclusas lo bauticé, y creo que con acierto, como “el año costabravista”… Costabravista de La Costa Brava, cómo no, el mítico supergrupo que bajo la inspiración intelectual del enorme Sergio Algora nos permitió descubrir a un Fran Fernández soltándose con varias de las mejores composiciones del pop español de los últimos 15 años (bueno, esa es mi opinión, al menos). Un grupo en el que lo importante era sacar canciones, que apenas ensayaba y que transmitía una alegría de vivir y una cercanía como pocos eran capaces de hacer. Aquello era mucho más que música: éramos Jessie y yo viajando a los lugares más imposibles para ver a esta gente tocar… Una tarde de domingo en Castellón, después de comer en casa de los padres de Jessie en Tordera y marcharnos apresuradamente con la excusa de que Jessie teía que estudiar para un examen… Sí, sí, el examen de cantar todas las canciones de La Costa Brava en el ya desaparecido Ricoamor de Castellón y volvernos de madrugada a Barcelona (200 y pico km más) agotados y felices. Por no hablar de la escapada a Logroño, con todos (los del grupo y nosotros 2) de fiesta por los bares logroñeses hasta las tantas de la mañana… Efectivamente, nosotros éramos unos costabravistas en toda regla…

Ya hacía 3 años de la última ocasión en que había visto en concierto a Fran y Richi, y esta visita a tierras gallegas con la compañía dela tercera pata del banco, el señor Ramón Rodríguez, no podía ser pasada por alto. Jessie estaba como siempre, hasta arriba de trabajo y estudios, agobiada y demás, así que de nuevo me encontré solo ante el peligro, después de una complicada semana en casa con las ansiedades de mi padre (esa es otra historia). Pero bueno, el caso es que ya tenía guardado mi sitio habitual en ese incómodo taburete que me reserva con cariño el bueno de Isaac. Guitarras, teclado y batería para dar forma a las 12 canciones de este trío de ases… Mi canción del momento es, sin duda, “Sé que es tu trabajo”, una clásica de Fran en la línea de “Inditex” o “Nadia”. Las canciones de Richi ganan mucho en directo, y Ramón/The New Raemon también tiene algunas joyitas en este experimento. Después de las 4 canciones por barba (nunca mejor dicho) llegó el momento del pequeño descanso, para dar paso a las actuaciones en solitario: 3 temas del tímido Ramón (la versión de “Te debo un baile” de Nueva Vulcano, la inevitable “La cafetera” y el “Elena-na” que suena a lo “Wicked Game”, como el propio Ramón reconoció), otros 3 de Fran (“Inditex”, “Erasmus borrachas” y, cómo no, “33″) y otros 3 más de Richi (“Reactor nº4″, “Notre Dame” y… ostras, ahora no me acuerdo de cuál fue la otra)… Como bonus, la de siempre de tantos conciertos de La Costa Brava… Sí, la versión de “La vida sigue igual” que tantos buenos momentos me recuerda cada vez que la escucho…

los 3 cuerpos en acción

El postconcierto fue tranquilito y agradable, charlando con la simpática Mara y saludando a Fran y Richi después de tanto tiempo sin vernos, para recogerme rápidamente y tomar el camino de casa antes de que se me echara demasiado de menos… Mi padre estaba dormido en el sofá (eran las 2 y media), se despertó a medias y yo me subí a mi habitación… Él se quedó durmiendo en el sofá hasta las 9 de la mañana… Pero como dije antes, esa es otra historia, y bastante menos bonita…

Experimento Tooru

Otro año más ha pasado, y ya van 42 nada menos… Un día para no recordar demasiado, metido varias horas en un cubículo de Urgencias del Clínico con mi padre y sus angustias existenciales… A ver si con el sol de la primavera se le suben un poco los ánimos, porque de lo contrario va a acabar conmigo… Vaya mesecitos me está dando…

En fin, obligaciones paterno-filiales al margen, en estos días estoy volviendo a leer un libro que me impactó brutalmente hace casi 4 años… Vamos, EL LIBRO… Sí, la “Crónica…” de Murakami, cómo no… Jessie me suplicó/exigió (vamos, lo habitual en ella) que le regalara la mágica novela del japonés, allá por el mes de octubre. Parecía una cosa muy urgente, aunque siendo como es ella después postergó la lectura del libro durante semanas y semanas, como con todos sus caprichos… Hace unos10 días me dijo que iba por la página 50 y tantos, o sea que a ese ritmo le quedan meses de lectura…

El caso es que una tarde me dio por rescatar mi edición de la “Crónica…”, la que me firmó el gran Murakami hace ahora 3 años en Santiago… No os creáis, que tardé unas horas en encontrar el libro, que como siempre ocurre resultó que estaba oculto en un lugar especial del que, como siempre también, uno se olvida al cabo de los meses… Lo tenía casi delante de las narices y no lo veía, pero al final sí lo vi… Estuve tentado de comenzar a leerlo desde el principio, con la mítica escena de Tooru preparando espaguetis y la llamada telefónica misteriosa, pero decidí hacer otra cosa distinta: me llevé el libro al lugar en el cual me suelo sentar una o dos veces a lo largo del día (ya sabéis cuál, supongo), y cada vez que voy allí lo abro por un lugar al azar y me pongo a leer unas páginas… Y descubro cómo la impresión brutal de hace casi 4 años sigue intacta, o quizás todavía más fuerte, al releer unas historias que tiempo después todavía veo más cercanas que entonces…

Una noche aterricé en el momento en que Tooru contaba personas calvas en la estación de tren… Otro día (en esa ocasión reconozco que lo busqué adrede) en el momento de la carta de Kumiko a Tooru, la que tanto me había sobrecogido un amanecer de junio de 2008… Ayer caí en la historia de los soldados que mataban a los animales del zoológico… Después caí en el capítulo en que Tooru explica todo el proceso de su estancia en el oscuro pozo… En fin, veremos dónde caigo hoy…

Cuanto más lo leo, incluso de esta manera salteada y medio aleatoria, más claro lo veo… Cada vez soy más Tooru… Ella cada vez es más Kumiko… Sería bueno que pasara de la página 50 y tantos y se leyera la “Crónica…” completa… Creo que hasta ella se daría cuenta de todo esto… Y mira que es difícil que ella se dé cuenta de nada más allá de su propio ombligo… Más állá de vampirizar todas las cosas que le hago descubrir y después hacerlas pasar ante los demás como suyas propias… Un mini-yo un tanto peculiar…

Semana de aires mod en mi vida: la noche anterior me encontré en La 2 con Quadrophenia, justo en la escena de la batalla campal de mods y rockers en la playa… Buen entrante para el concierto de mi admirado Álex Díez… vamos, de Cooper… 8 años después, mismo lugar y parecida audiencia (¿150 personas?). Esta vez no lo grabé en vídeo como entonces, pero lo disfruté a conciencia…

Llegué a la Capitol con mucho tiempo, como me gusta, para poder aparcar justo delante, en una de las plazas de minusválidos, y comprar con tranquilidad la entrada. Con la misma venía de regalo el single de “Cortometraje”, un típico detalle de las giras de Cooper (aquí tengo los singles de “Cierra los ojos” y “Oxidado” que me había regalado Álex 8 años atrás). Entrada a la sala, mirada cómplice con el técnico de sonido y al momento estaba sentadito cómodamente en un taburete que me dejó el buen hombre… Se apagaron las luces y aparecieron los artistas…

El set-list del concierto

El set-list del concierto

Sin lugar al descanso, canciones de 3 en 3: “Cortometraje”, “Mi Universo”, “El Círculo Polar”… hasta contar 24… Nacho, el batería, venía tocado por una lumbalgia (bromas sobre lo de hacerse viejos) y Álex se había olvidado el cinturón en casa (“como buen mod, llevo los pantalones bajos; espero que no me veáis los calzoncillos”). Como ya es marca del grupo, las canciones sonaron prácticamente igual que en los discos, no en vano aquel comentario años ha de Javi: “es que estos ensayan 25 horas diarias”… En un set-list tan largo e impresionante, la verdad es que casi no se quedó sin tocar ninguna de las preferidas por un servidor… bueno, sí, quizás “Sin respiración”…

A veces los fans buscan significados ocultos en las canciones… Pero no, “Saltos de esquí” va sobre saltos de esquí, sin dobles sentidos… También opino como Álex, me gustan las canciones de amor y me gustan más que las de desamor… Por eso me encantó “El regalo”, mi preferida del último disco… Antes había sonado la mítica “Cerca del Sol”, y después sonó la potente “Rabia”… El recuerdo de aquel gran “Fonorama” nos trajo una espectacular “Rascacielos”, que sonó como en el disco, distorsiones incluidas. Para cerrar, las 2 últimas de “Mi Universo”, a cada cual mejor: “En la basura” y “Carrousel”, con la psicodelia del “helter skelter”…

Bises… Un minutito de espera y otra de mis joyitas de Cooper preferida (de nuevo lo de las canciones de amor, que no de desamor): “En el sofá”… Y la siguiente, la que no podía faltar, la que el propio Álex presenta como la mejor canción del grupo: por supuesto, “Cierra los ojos”… Enorme, con tantos recuerdos de tantos viajes con ella, de la sensación de libertad “de viajar sin rumbo fijo”… No podía fallar el recuerdo a Los Flechazos, con una gran “En tu calle”… En la recta final, tiempo para la versión de Depeche Mode (“New life”) y para otra de las grandes (“El Sur”)… Y, de remate, como demostrando todo el poderío y todo el repertorio que tiene Cooper, otra mítica del mítico “Fonorama”: “Imposible”, retumbando hasta la apoteosis final… Difícil imaginar algo mejor…

De mis pinitos como friki-fan a tiempo parcial dejé un nuevo cpítulo en el post-concierto… Conseguí el set-list de mi amigo el técnico de sonido, me compré el vinilo de “Mi Universo” y una camiseta muy chula, esperé por Álex para que me firmara el disco y acabé entablando amistad con algún otro fan más y con el resto de la banda… Lo que se suele llamar una jornada completita…

Álex & Richie, Lambretta vs Vespa...

Álex & Richie, Lambretta vs Vespa...

Más cocido

Ya se huele la primavera, aunque aún tendrán que venir días fríos, pero el solecillo y las temperaturas agradables animan a ver las cosas con más optimismo. Eso sí, hay quien haga frío o calor sigue queriendo ir a comer cocido, y a mí me toca la ardua tarea de complacer esos deseos gastronómico-festivos… De vuelta por Vilatuxe…

Entre exámenes y proyectos llevábamos algunos findes sin quedar, pero la llamada del sábado pedía cocido entre emoticonos varios… En fin, cómo negarle un caprichillo asi a Jessie… Aunque haya que ir a buscarla a Pontevedra, llevarla y traerla, y acumular más de 200 kilómetros solo por una comida… Y encima la vuelta con el estómago a reventar y la sensación de cansancio y sueño…

Salida de casa a las 12, llegada a Pontevedra a la 1, con unos minutos de retraso por la fiesta del lacón que había en Cuntis, y rumbo a Vilatuxe… Muchos discos nuevos que tenía que escuchar Jessie, aunque como siempre prefería escuchar las mismas canciones que se ha pasado escuchando en casa los días antes… Un clásico de la señorita… En un ratito me puso al día de todas las noticias de la escuela de moda, de los chismes y los rumores y demás… Conduciendo con la compañía del soleado día por las montañas del Candán, charlando sobre todo lo divino y lo humano y acercándonos a nuestro destino de Vilatuxe… Última curva y allá al fondo de la recta asomaba el cartel de O Cruce… Llegada al destino a las 2 y 10 de la tarde, buena hora para una comilona…

Había bastante gente en O Cruce, como corresponde a un domingo de finales de invierno, pero nosotros ya teníamos reservada una mesita para 2, gentileza del bueno de Daniel, que resulta que nos deja y se va a Suiza en busca de fortuna. Nos recomendó una botella de vino de Cariñena que no estaba nada mal, aunque sin tiempo para saborearla ya nos llegó la caliente y sabrosa sopa de fideos… Sí, esa de la que Jessie va recogiendo solo el líquido hasta dejar los fideos secos en el plato, fideos que que me pasa amablemente para que el “coche-escoba”, o sea yo, se coma en el último momento…

La bandejaza con los grelos (casi todos para ella), las patatas (todas para mí), los garbanzos (casi todos para mí) y el chorizo (a partes iguales) llegó acompañada por la bandejaza de las carnes: el lacón (a partes iguales), el pollo (se quedó sin comer), el morro (para ella), la oreja (un trocito para mí) y las costillas saladas que Jessie devoró con gusto y que pidió que le trajeran más… Cómo no, no podía faltar la escenita con el pan, que para Jessie es como un postre (eso sí, solo la corteza, a poder ser la parte de abajo)… De postre, el cremosísimo queso de Vilatuxe con membrillo (Jessie se come el “interior”, a mí me gusta la corteza) y la última bandeja: dos filloas (para mí), dos orejas (una para cada uno) y dos cañas con crema; una para mí y la otra para Jessie, aunque Jessie se empeña en quitarle la crema a la caña (cosas de Jessie, no intento ya entenderlas a estas alturas) y, para que no se eche a perder, me la echa en una de las filloas, que se convierte así en una filloa rellena sin pretenderlo… Un chupito de licor remató la faena, aunque Jessie ya no se encontraba muy bien después de haberse pasado un poco con la comilona… Otro clásico…

De vuelta a Pontevedra, con Jessie entre indispuesta y somnolienta (como siempre, pesó más esto último al final), el viaje fue tranquilo y sin sobresaltos, hasta la llegada a la calle de Jessie. Como siempre, un rato más de conversación en que da la sensación de que ella no se quiere despedir aún, y al cabo de otro cuarto de hora la dejé en el portal y me volvía camino de casa. Atardeciendo llegué a Cacheiras de vuelta, con mi padre a la puerta de casa. Por un día lo había dejado solo, sin el ya habitual paseo de las tardes… Me empezó a doler algo la cabeza, en parte por la comilona y en parte por los 200 kilómetros de carretera, pero nada serio… Me puse al día con el baloncesto (acabé de escribir la crónica de la victoria del Obradoiro a eso de las 3 de la mañana) y me fui a cama con la sensación del deber cumplido… He dormido toda la noche y toda la mañana como un bebé…

Es lunes y toca comenzar otra semana más… El miércoles toca revisión de mi padre en el hospital y ver si le dicen algo sobre su pierna, esa que se le hincha durante el día… Si no hay novedades malas (esperemos que no), el jueves nos visitará un grande, el señor Álex Díez, y me gustaría ir a verlo a la Capitol… El sol va a seguir luciendo toda la semana, dicen…

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